Las aglomeraciones y los ríos humanos, a menudo caudalosos, de viajeros que yendo arriba y abajo se cruzan con sus colegas de las colas de facturación, una imagen típica del aeropuerto de El Prat en los últimos años, pasarán a la historia a partir del próximo verano. La apertura en pocos meses de la flamante terminal T-Sur permitirá absorber en sus inacabables instalaciones el 65% de los vuelos y usuarios. Será la descompresión definitiva a través de un recinto bien planificado desde su origen de unas terminales que han ido surgiendo de forma dispar a remolque del tirón del pasaje. La obra civil de la T-Sur llega a su final, acabará en diciembre, y Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea (AENA) ha iniciado ya, como vio el jueves este diario, las pruebas del sinfín de sistemas y servicios de la terminal.
En un recorrido por los 1.200 metros de longitud que tiene el edificio, desde los párkings hasta la punta final del largo dique principal de embarque (700 metros), se observan ya grupos de operarios, de los 2.500 que trabajan en el conjunto de construcciones, que empiezan a quitar el polvo y a poner en marcha y probar diversas instalaciones. Es el caso de las 15 cintas de recogida de equipajes o de algunas señales luminosas del millar que guiarán al viajero.
El director del aeropuerto, Fernando Echegaray, ha explicado que los ensayos se harán por partes durante los próximos meses, a medida que las empresas vayan entregando sus trabajos. La entrada en servicio de la terminal se producirá “a lo largo de la temporada de verano”, un periodo que para el tráfico aéreo va de finales de marzo a octubre.
El simulacro más llamativo, y también el de mayor incidencia real para quienes vayan a utilizar la terminal en un futuro cercano, será el que protagonizarán desde mediados de febrero hasta finales de marzo un total de 6.000 figurantes contratados por AENA por 50 euros. Este ejército de actores realizará 20 representaciones con un libreto que incluirá todo el proceso que seguirá cualquier persona desde que llega a la terminal hasta que sube al avión. A principios de enero quienes quieran participar en tales simulacros podrán inscribirse en las listas que AENA abrirá en su web.
GESTIÓN DE EQUIPAJES.
Estos actores con papel de viajeros colocarán, además, 9.000 maletas y bolsas en el automatizado y sofisticado sistema de gestión de equipajes. Se trata del llamado Sate, una red de 27 kilómetros de cintas transportadoras con sensores y dispositivos de identificación mediante rayos x y rayos láser que canalizarán sin apenas intervención humana todo el volumen de paquetes en los dos sentidos, tanto hacia las bodegas de las aeronaves como hacia las cintas de recogida. AENA asegura que es un sistema fiable que hasta ahora funciona solo en Amsterdam y Madrid.
En las tres plantas del gigantesco y sobretodo diáfano habitáculo blanco, que visto desde el aire semeja una espada, de hasta 42 metros de altura y con un techo con grandes aberturas por donde entra la luz natural formado por 700.000 placas de 1,10 metros, casi todo está ya en su sitio.
Desde las escaleras, cintas rodantes y ascensores hasta los mostradores de facturación y los controles de seguridad (que se están ultimando estos días), pasando por los novedosos módulos de servicios (que concentran de forma elegante y discreta la climatización, la iluminación o las telecomunicaciones), los espacios (recién adjudicados) de los 93 comercios y locales de restauración que se abrirán, o las cintas de los equipajes.
TRES DIQUES DE EMBARQUE.
También están a punto las 43 pasarelas móviles (fingers) para subir a los aviones desde los tres diques de embarque: el central para vuelos internacionales y los dos laterales, el del lado montaña para el tráfico entre Barcelona y Madrid y el del lado mar para los aparatos de rutas regionales o de corto recorrido.
Donde aún siguen las obras es en uno de los tres párkings cubiertos y en una parte cercana del vestíbulo principal. La ubicación allí de la torre de control del aeropuerto en servicio hasta febrero del 2007 frenó los trabajos. El monolito sigue en su sitio, cerrado, a la espera de hallarle otro uso.